Por qué he decidido prohibir móviles y ordenadores en clase
Vivimos rodeados de pantallas. Teléfonos, portátiles y tabletas forman parte de nuestra vida diaria hasta el punto de que muchas veces no concebimos estar sin ellos. En la universidad, donde la tecnología es un recurso valioso para el estudio y la investigación, parece natural que también estén presentes en el aula. Sin embargo, este curso he tomado una decisión que puede sonar a contracorriente: en mis clases no se podrán utilizar dispositivos móviles ni ordenadores portátiles, salvo en circunstancias muy concretas.
Lejos de ser un capricho, la medida responde a una convicción pedagógica que deseo compartir. El objetivo no es limitar, sino liberar: liberar el espacio del aula de distracciones y ganar en concentración, silencio y calidad de la experiencia académica.
El silencio como recurso de aprendizaje
Quien ha asistido a una clase universitaria de 100 alumnos con portátiles abiertos sabe de qué hablo: el tecleo constante, el brillo de las pantallas, las notificaciones que saltan sin cesar. Todo ello genera un ruido invisible que interfiere con la concentración. La atención se fragmenta, y no solo para quien responde un mensaje o cambia de ventana, sino también para el compañero que tiene esa pantalla en su campo visual.
Prohibir los dispositivos en clase significa proteger el silencio interior y colectivo. Significa, también, aprovechar de verdad ese tiempo limitado que compartimos y que nunca se repetirá igual.
La fuerza de la atención plena
Estar presentes de verdad es un desafío en un mundo saturado de estímulos. Sin embargo, laatención plena es una herramienta poderosa: escuchar con todos los sentidos, reflexionar sobre lo que se dice, relacionarlo con lo que ya sabemos.
Diversos estudios han mostrado que la concentración sostenida favorece la comprensión profunda y la memoria a largo plazo. En la universidad no buscamos simplemente acumular datos, sino construir conocimiento. Y esa construcción requiere un espacio libre de interferencias digitales.
El valor de los apuntes manuscritos
Una de las grandes ventajas de aprender sin pantallas es redescubrir el poder de escribir a mano. Tomar apuntes con papel y bolígrafo no es un ejercicio mecánico: obliga a seleccionar, sintetizar y organizar la información. Ese proceso cognitivo convierte los apuntes en una herramienta personal y única.
Por el contrario, la transcripción literal que muchos estudiantes realizan en el ordenador resulta menos eficaz (y, en las clases de fonología histórica, frustrante). Se escribe mucho, sí, pero se piensa poco. Los apuntes manuscritos, en cambio, se transforman en un mapa del pensamiento propio, en un material que refleja comprensión y no solo acumulación.
No es una limitación, es una oportunidad
Algunos podrían ver en esta medida una prohibición innecesaria. Yo la concibo de otro modo: como una oportunidad. Una oportunidad para experimentar qué significa escuchar sin distracciones, dialogar con atención real y aprender con profundidad.
Apartar temporalmente los dispositivos no significa renunciar a la tecnología, sino situarla en su lugar: fuera de un aula que pide silencio, escucha y reflexión compartida.
Cuándo sí tiene sentido usar la tecnología
Ahora bien, sería absurdo negar la utilidad de los recursos digitales en el ámbito universitario. Por eso, habrá momentos en los que los dispositivos sí serán bienvenidos en clase, siempre de manera justificada y con un fin pedagógico claro:
- Búsquedas puntuales de información: para manejo de diccionario digital o consultar un repositorio.
- Actividades interactivas y de grupo: cuando se realicen dinámicas en línea o cuestionarios colaborativos.
- Consulta de corpus y materiales especializados: cuando exploremos repertorios textuales o archivos digitales vinculados a la asignatura.
- Presentaciones de los estudiantes: cuando sea necesario mostrar materiales audiovisuales o gráficos preparados previamente.
- Necesidades de accesibilidad: en todo momento, para quienes requieran un apoyo específico en su aprendizaje.
De esta forma, la tecnología entra en el aula como aliada, no como distracción.
Un pacto de confianza
La medida se apoya en un compromiso recíproco: pido a mis alumnos concentración y atención plena, y me comprometo, a cambio, a ofrecer clases que merezcan esa atención. El silencio y la ausencia de pantallas no tienen sentido si no van acompañados de contenidos relevantes, de explicaciones claras y de un clima de participación enriquecedor.
El aula se convierte, así, en un espacio de confianza y de cuidado mutuo. Al final del cuatrimestre, estoy convencida de que muchos estudiantes descubrirán que aprender sin pantallas no solo es posible, sino incluso más estimulante.
Conclusión
En un tiempo en el que todo parece girar en torno a la inmediatez digital, apostar por el papel, la escucha y la palabra compartida es casi un acto de resistencia. Pero también es una invitación a la profundidad, al aprendizaje auténtico y a la construcción de una experiencia universitaria más plena.
Dejar las pantallas fuera del aula no es un retroceso: es, paradójicamente, un paso hacia adelante en la manera de enseñar y aprender.
👉 Pregunta: ¿qué opinas de esta medida? ¿Crees que te concentrarías mejor sin pantallas en clase, o prefieres mantener la tecnología abierta siempre a mano?
Un dato más: las asignaturas implicadas en esta experiencia son Gramática Histórica del Español, Historia del Español I (Orígenes – Edad Media) e Historia del Español II (Siglos de Oro -Época Moderna), del Grado en Filología Hispánica y del Doble Grado en Filología Clásica y Fil. Hispánica de la Universidad de Sevilla.